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aprender a manejar la frustracion

Cómo aprender a manejar la frustración

Tolerar la Frustración

La frustración es una reacción que aparece cuando no conseguimos algo que deseamos o cuando no se cumplen nuestras expectativas.
Esa frustración además conlleva una segunda reacción emocional que puede asociarse a la ansiedad, a la tristeza o a la ira.

El objetivo de aumentar la tolerancia a la frustración es evitar que las reacciones que siguen a la propia frustración se conviertan en enfado, tristeza o miedo. De este modo, podremos enfocarnos mejor en la situación y ponernos de nuevo en marcha para hallar una solución.

Cómo saber si tengo una baja tolerancia a la frustración

Una persona que tiene baja tolerancia a la frustración suele tener reacciones emocionales muy intensas en respuesta a situaciones en las que no se consigue lo que se espera o desea.
Este sería el caso en el que, por ejemplo, nos encontramos con una dificultad y le pedimos a alguien que nos ayude a realizar un trabajo y la otra persona nos responde “No puedo”.

Según la persona, si la tolerancia a la frustración es baja, podría responder con enfado y prometerse a así misma que nunca más ayudará a la persona a la que pidió ayuda; con tristeza, pensando que nadie la ayuda porque no es importante para los demás; o con miedo o ansiedad pensando que por sí misma nunca podrá terminar el proyecto a tiempo.

Este tipo de respuestas son desadaptativas ya que bloquean y disminuyen la motivación de la persona en la realización de su proyecto.

Consecuencias de la baja tolerancia a la frustración

consecuencias de la baja tolerancia a la frustracion

Las consecuencias de la baja tolerancia a la frustración suele asociarse al abandono de proyectos debido a la incapacidad que sienten las personas a la hora de manejar la situación a la que se enfrentan.

Además, puede dar lugar al enojo, generar una baja autoestima o hacer que la persona traslade esta reacción a otras situaciones en las que parezca una dificultad o que requieran un esfuerzo extra por su parte, dificultando así su capacidad de adaptación.

 

Mejorar la tolerancia a la frustración

No somos el centro del universo

La baja tolerancia a la frustración se asocia normalmente con la creencia de que en esta vida todo debe ser fácil y no generarnos malestar, porque si aparece ese malestar todo será horrible e insoportable.

Cuando uno tiene esta visión del mundo, es normal que, consciente o inconscientemente, espere que el mundo responda a todas y cada una de sus demandas y deseos de forma positiva. Cuando esto no es así y algo no sale como se espera, aparece la ira, la tristeza o la ansiedad o la angustia.

Por tanto lo primero para tolerar mejor la frustración sería aceptar que el mundo no gira en torno a uno mismo y que por tanto, no somos el centro de este, ni que tampoco las demás personas viven en función de lo que nosotros necesitamos.

Manejo emocional de la frustración

Es normal que no nos alegremos cuando algo no sale como deseamos, es normal que aparezca la frustración o la decepción, pero no por ello tenemos que castigarnos a nosotros mismos o a los demás.

Cuando algo no sale como esperamos, muchas veces nos auto-castigamos a través de verbalizaciones del tipo “tenía que haber dedicado mucho más tiempo·, “No sé para qué lo intento si sé que yo sólo no soy capaz”, “Haga lo que haga no lo entregaré a tiempo”, etc.

Cuando ocurre esto lo que estamos haciendo es enfocarnos en las emociones que nos genera la situación y cuanto más nos auto-castigamos, peor nos sentimos.

La solución aquí es orientarnos a la acción, proponer alternativas de actuación o reintentar conseguir de nuevo lo que deseamos.

Para ello puede ayudarnos el imaginar qué le diríamos a un amigo si se encontrarse en nuestra situación y tomarnos un tiempo antes de analizar qué es lo que puede haber hecho que las cosas no salgan como deseábamos.

Paciencia

paciencia

Muchas veces queremos conseguir algo “ya”, cuando si te paras a pensarlo no es muy realista conseguir eso que quieres en tan poco tiempo.

Esta impaciencia surge de que muchas veces confundimos deseos con necesidades. Cuando vemos algo como necesario, aparece la urgencia.

Imagina que ha salido el último modelo de la marca de teléfono móvil que adoras, ves los anuncios, las nuevas funciones, buscas vídeos que expliquen cada una de las novedades, etc., haciendo crecer en ti mismo la necesidad de adquirir ese producto.

Si te ha pasado esto alguna vez, ya sea con un teléfono o con cualquier otro producto podrás ver la facilidad con la que puedes equiparar esa urgencia de comprarlo a la sensación de hambre intensa.

La diferencia es que comer sí es una necesidad, pues ciertamente podemos morir de hambre. Podemos sentirnos flojos, mareados, tener dolor de estómago, etc., hasta que ingerimos la cantidad necesaria de comida. Nuestro cuerpo nos avisa de que necesita comer y, muchas veces, cogemos lo que más tenemos a mano: una fruta, un bizcocho, algo que se tarde poco en hacer ¡Qué hambre!

Pues con ese objeto que deseamos adquirir, pasa algo similar. Acabamos convenciendo a nuestro cerebro de que es necesario y este crea una exigencia: Tengo que comprarlo ya.

Sin embargo, no dispones de los recursos necesarios para adquirirlo. Aquí puede que pidas ayuda a algún amigo o algún familiar, que al no percibir ese objeto como algo necesario, no te presta esa ayuda.

Uno se enfada y acaba insultando a la persona a la que le ha pedido ayuda como si la responsabilidad de conseguir lo que desea fuera de la otra persona.

¿Realmente necesitas adquirir ese producto ya? ¿Es de verdad necesario? O ¿Es más bien algo que deseas mucho?

Si lo ves como un deseo, seguramente la motivación para conseguirlo aumente y puedas ver una solución de forma más objetiva. En este caso, por ejemplo, podrías conseguir un trabajo los fines de semana y ahorrar eso para poder comprarte el teléfono en el menor tiempo posible.

Ser menos exigente con uno mismo

Otras veces uno se exige mucho a sí mismo y espera conseguir un pedazo de proyecto. Pero cada día que pasa sin lograrlo, su motivación va disminuyendo porque la recompensa del trabajo realizado no llega.

Aquí ayuda el dividir ese objetivo final en metas más pequeñas. Así la motivación, además de mantenerse, aumenta ya que nos vemos recompensados a corto plazo y vemos más factible la posibilidad de llegar al gran objetivo.

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