Tu madre te llama disgustada porque no la has visitado esta semana. Le explicas que has tenido mucho trabajo, además de estar cuidando a uno de tus hijos que está enfermo. Ella responde “ya sé que tienes tu vida, pero yo aquí sola estoy, no me entiende nadie”. Cuelgas el teléfono sintiéndote culpable, como si su malestar dependiera únicamente de ti y tú fueras la única responsable de que se sienta así.
Si te reconoces en esta escena, ya sea con tu madre, con tu pareja o con una amistad, es probable que estés viviendo lo que en psicología llamamos inversión de la responsabilidad. Ocurre cuando expresas algo que te ha molestado y, en lugar de que la otra persona revise la parte que le corresponde, terminas siendo tú quien debe justificarse, calmando el malestar de la otra persona y cambiando tu comportamiento para que no vuelva a ocurrir lo mismo.
Desde un enfoque cognitivo-conductual, esta dinámica se mantiene en la relación entre lo que piensas, lo que sientes y lo que haces. Cuando interpretas que el malestar del otro depende únicamente de ti, aparece la culpa. Esa culpa te lleva a ceder, a pedir perdón por algo que quizá no te corresponde o a modificar tu conducta para evitar el conflicto. Y cada vez que cedes, refuerzas la idea de que efectivamente tú eras la persona responsable.
Qué es la inversión de la responsabilidad
La inversión de la responsabilidad consiste en hacerte responsable de cómo se siente otra persona, trasladando a quien expresa un malestar la responsabilidad de la reacción de quien lo ha provocado.
Esto significa que el foco se desplaza. En lugar de hablar de lo que ha ocurrido, la conversación, por ejemplo, pasa a girar en torno a cómo lo has dicho, a si has exagerado o a si eres demasiado sensible. Por este motivo, muchas personas terminan revisando una y otra vez sus propias palabras, buscando qué han hecho mal, en lugar de quedarse con la idea de que su malestar inicial era legítimo.
Esto se conecta con lo que se conoce como creencias de responsabilidad inflada, que es la tendencia a atribuirse una responsabilidad desproporcionada sobre las emociones o reacciones de otras personas (Salkovskis, 1985). Lo que lleva a que, ante cualquier conflicto, la primera pregunta no sea “¿qué ha pasado?”, sino “¿qué he hecho yo mal?”.
Cómo aparece en la pareja, la familia y las amistades
Os dejo aquí varios ejemplos de cómo puede aparecer la inversión de la responsabilidad.
En la pareja
Comentas algo que te ha dolido y tu pareja responde que, si se lo hubieras dicho de otra forma, no se habría enfadado. Terminas revisando el tono, las palabras, el momento elegido, en lugar de que ambos reviséis lo ocurrido.
En la familia
Como en el ejemplo de la llamada, expresar que necesitas espacio o que tienes otras responsabilidades se convierte en la causa del malestar del familiar. La culpa aparece antes incluso de que termines de hablar.
En las amistades
Señalas con cuidado algo que te incomoda y la respuesta es que esperabas más apoyo de tu parte. El tema deja de ser lo que has planteado y pasa a ser si has sido buena amiga al plantearlo.
Lo que veo en consulta sobre este tema
Lo primero que suelo observar es que la persona se descoloca. Expresa que algo le ha sentado mal y, de repente, es ella quien queda como responsable del malestar del otro, y encima es ella quien tiene que trabajar en su propia reacción. Esa confusión inicial es habitual y es que cuando alguien se hace cargo de sus propias emociones, es coherente que se pregunte si lo que le dice la otra persona tiene parte de razón. El problema aparece cuando esa duda razonable se convierte en la asunción automática de toda la culpa.
Cómo trabajo esto en sesión
Empezamos por normalizar esa sensación de confusión, porque forma parte de cómo funciona esta dinámica. Después trabajamos con la culpa, revisando en qué situaciones aparece y a quién pertenece realmente. Un punto central es entender que en estas dinámicas nunca hay una única persona responsable, porque asumir toda la culpa y todo el cambio también refuerza que el otro no revise su parte. Por eso incorporamos entrenamiento en asertividad para aprender a señalar que la otra persona también tiene algo que ajustar, ya sea el tono, las palabras o la forma de reaccionar, sin que eso signifique restar importancia a la propia parte.
Como tarea entre sesiones, suelo pedir un registro comparativo de cómo se siente y de como se habla la persona a sí misma, con su lenguaje interno, en las situaciones con esa persona concreta, cuando está sola y cuando está con otras personas. Ver la diferencia ayuda a identificar hasta qué punto esa relación concreta está distorsionando su forma de valorarse.

Cuándo esta dinámica se vuelve sistemática
Un roce puntual no equivale a un patrón, es decir, si pasa una vez, eso no tiene por qué significar que haya un problema. La dinámica se vuelve sistemática cuando empiezas a anticipar el enfado del otro antes de hablar, y evitas ciertos temas para no exponerte a que la culpa vuelva a recaer sobre ti. Esto lleva a que, poco a poco, dejes de mostrar lo que piensas o necesitas con tal de evitar el conflicto, lo que termina anulándote como persona porque tu comportamiento se organiza en torno a agradar y prevenir la reacción ajena, un patrón descrito en la literatura sobre el silenciamiento del yo en las relaciones cercanas (Jack y Dill, 1992). Y, más que sentir alivio cuando la otra persona no está, es habitual sentirse perdida y confusa, porque desaparece el referente que confirma si lo que sientes o piensas es razonable.
Este patrón de negar la propia responsabilidad, atacar a quien confronta y presentarse como la víctima real ha sido descrito en la literatura sobre dinámicas de abuso interpersonal (Freyd, 1997; Harsey y Freyd, 2020). Es importante recordar que reconocer este patrón no implica diagnosticar a quien lo ejerce. Con frecuencia se trata de una estrategia aprendida para evitar la propia responsabilidad, no necesariamente un rasgo o un trastorno de personalidad.
Preguntas frecuentes
No siempre es intencionada. A veces la persona que la ejerce también actúa desde un patrón aprendido, sin ser consciente de que está desplazando su responsabilidad. Lo relevante no es tanto la intención como el efecto que tiene sobre quien lo sufre.
Porque la culpa anticipatoria funciona antes de que puedas razonar la situación. Es una emoción que aparece por la interpretación de que eres responsable del malestar ajeno, no necesariamente porque lo seas.
Es recomendable empezar por diferenciar por escrito qué parte de un conflicto es tuya y qué parte corresponde a la otra persona. Después, practicar frases breves y concretas que expresen tu postura sin justificarla en exceso.
Sí. Muchas veces quien la ejerce también aprendió a evitar su propia responsabilidad desde edades tempranas, y repite el patrón sin intención deliberada de hacer daño.
Conclusión
La inversión de la responsabilidad se mantiene por un mecanismo claro, interpretas que el malestar ajeno depende de ti, sientes culpa y actúas para calmarlo, lo que refuerza el patrón. Identificar el patrón es un paso necesario para empezar a diferenciar qué emociones y qué conductas te corresponden a ti, y cuáles pertenecen a la otra persona. La próxima vez que sientas esa culpa inmediata tras un conflicto, puedes preguntarte: ¿qué parte de esto es realmente mía?
Autoría
Contenido y perspectiva clínica: Esther Blázquez Álvarez, psicóloga colegiada CL-04726.
Redacción e imágenes con apoyo de inteligencia artificial.
Referencias
Freyd, J. J. (1997). Violations of power, adaptive blindness, and betrayal trauma theory. Feminism & Psychology, 7(1), 22–32.
Harsey, S., y Freyd, J. J. (2020). Deny, attack, and reverse victim and offender (DARVO): What is the influence on perceived perpetrator and victim credibility? Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma, 29(8), 897–916.
Jack, D. C., y Dill, D. (1992). The Silencing the Self Scale: Schemas of intimacy associated with depression in women. Psychology of Women Quarterly, 16(1), 97–106.
Salkovskis, P. M. (1985). Obsessional-compulsive problems: A cognitive-behavioural analysis. Behaviour Research and Therapy, 23(5), 571–583.
